La conversación_Graciela Falbo

LA CONVERSACIÓN
Graciela Falbo

Ella. El. El escritorio en medio. Sobre el escritorio ella acaba de depositar su agenda. La agenda de tapas mullidas, color rosa suave. La conversación gira en torno a asuntos de trabajo. En una breve pausa él fija la vista en la agenda y sonríe. Es un gesto mínimo, fugaz, que en ese momento ella no entiende. Ni pregunta. Están cerca y lejos. Todo lo que se puede en ese lugar, el único que permite encontrarse unos minutos. Mientras habla, él sigue gesticulando y su mano, descuidada, termina poyándose en la agenda. Ella retiene con la mirada el recorrido del dedo índice que empieza a deslizarse por la cubierta rosa de su libreta. La yema baja por el borde de la agenda cerrada. El trazo lento esboza una huella invisible a los ojos. La charla se aleja por un momento a un segundo plano y, perdido el hilo, las palabras tienen que volver a repetirse.
La mano se detiene pero no se aparta. Cuando la conversación se encamina, el dedo recomienza su recorrido por el filo de los bordes y luego gira dibujando una transversal sobre la cubierta rosa. Siguiendo un itinerario en apariencia errático va al lugar donde una lengüeta traba y cierra. Las hojas retenidas bajo la suavidad de la tapa. La conversación sigue un curso ajeno al movimiento de la mano. El índice toca como si dejara al tacto regocijarse en la morbidez de una piel deseada. Se introduce tanteando lento en la leve comba debajo de la lengüeta. Sale y vuelve a entrar, como un pájaro que picotea distraído granos de trigo escondidos en un surco de tierra.
La conversación sigue su curso. La mirada de ella trata de escapar al movimiento de la mano. El dedo transita la lengüeta con cierta indolencia. Apoya y juega con el cierre probando el límite de su fuerza. Por fin se introduce como siguiendo un impulso al que nadie opusiera resistencia. El cierre de abrojos de despega con un chasquido que estremece el aire. Las miradas se cruzan, piden y autorizan sin que se quiebre el ritmo de la conversación. La mano admitida continúa su reconocimiento, explora otros espacios, tienta el recorrido sinuoso. La caricia deja el ombligo del cierre al descubierto, gira con suavidad alrededor de la hendidura, comprueba su delicada consistencia elástica. La lengüeta cimbra impulsada hacia arriba por la decisión de la mano.
La conversación sigue un camino cada vez más distante, las palabras se recortan en sonidos ajenos a lo que sucede entre el tacto y la mirada. Suavidad del dedo que lento, descuidado, se introduce por debajo de la tapa en la tersura de la primera hoja, hundiéndose debajo de la cubierta rosa. El serpentear del índice que recorre, ya lejos de los ojos, un centro que se adivina. Flores rojas debajo de la tapa, donde unos pétalos cubren apenas la inflamación de los centros amarillos. La razón se enerva y apenas se resiste a ignorar lo que la mirada registra. La razón, un vigía agotado por el deseo. La serpiente se desliza a su antojo dejando su baba transparente sobre los secretos de números y encuentros.

La conversación fluye en un plano irreal, lejana, incomprensible.

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